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Estudiantes de Maestría en Ingeniería UAM aprenden gestión de proyectos leyendo un bosque
Estudiantes de la Maestría en Ingeniería UAM
Investigación

Gestionar proyectos leyendo un bosque: ¿Desde donde se piensa la ingeniería?

  Juan Diego Salazar
Tiempo de lectura ~ 7 minutos

Durante un semestre, ocho estudiantes del curso Gestión de Proyectos Tecnológicos, de la Maestría en Ingeniería, de la Universidad Autónoma de Manizales, recorrieron, paso a paso, la arquitectura de un proyecto. En el primer laboratorio practicaron ingeniería inversa sobre iniciativas tecnológicas reales, desde sistemas de inteligencia artificial aplicada a la salud hasta desarrollos de software, deconstruyéndolas con la metodología del Marco Lógico para hallar, detrás de cada solución, el problema raíz que la justificaba. En los laboratorios siguientes tradujeron ese análisis a los dominios que estructuran la gestión de proyectos como lo son: gobernanza, alcance, cronograma, costos, recursos, riesgos e interesados, articulándolos sobre sus propios proyectos de investigación de maestría. Fue un trayecto de auto-análisis de sus propios proyectos de investigación sostenido sobre un estándar internacional. El curso no terminó frente a una pantalla, terminó en un bosque.

La última práctica de laboratorio se trasladó al Aula Viva de Minkalab, una ecogranja orgánica enclavada en las montañas occidentales de Risaralda. La decisión no fue escenográfica. Su propósito era someter todo lo aprendido a una prueba distinta: comprobar si los dominios de la gestión de proyectos, lejos de ser una lista de procesos que se cumplen mecánicamente, podían reconocerse operando —vivos, simultáneos y sin un solo documento de por medio— en el sistema más complejo y resiliente que ha producido la evolución.

MINKALAB: UN AULA Y LABORATORIO VIVO

Minkalab es un laboratorio rural de investigación aplicada en restauración ecológica y gestión territorial, en operación desde 2013 en la vereda El Óbito (Santa Rosa de Cabal, Risaralda). Su trayectoria documenta la transición de trece hectáreas de uso ganadero hacia un sistema agroecológico de bosque secundario, con un incremento medido del 200 % en la producción de fuentes hídricas del predio y la consolidación de corredores biológicos. Integra la Red de Reservas Naturales de la Sociedad Civil de Risaralda desde 2018 y cuenta con sello de confianza de la Universidad Tecnológica de Pereira para su producción agroecológica. 

Sus líneas de trabajo articulan la investigación en comunicación interespecífica, la bioconstrucción y una plataforma intercultural de intercambio de saberes con comunidades indígenas (Arhuaco, Kogui, Wiwa, Kumba Kimbaya, Inga, Emberá Chamí, Hikuri, Q’ero Inca, Maya, Lakota, Kofán, entre otras), trayectoria que le ha valido reconocimiento internacional —entre ellos su condición de finalista del Spring Prize (Lush, 2019) y su participación en redes como ANTS (Arte, Naturaleza, Tecnología y Sociedad) y MediaLab Prado—. En este territorio, la noción de aula trasciende el recinto cerrado: el ecosistema mismo opera como entorno de aprendizaje.

Viernes: el bosque leído como un sistema de gestión

La primera jornada fue de marco conceptual. Partiendo de la lectura del ecosistema forestal como un superorganismo, un sistema que se gobierna por autoorganización y no por una autoridad central. Los estudiantes dialogaron cómo la gestión de proyectos encuentra un correlato preciso en la dinámica del bosque. El dosel que filtra la luz y define las condiciones para todo lo que crece debajo se comportó como una gobernanza distribuida; la delimitación de nichos ecológicos resolvió, sin conflicto, lo que en un proyecto humano sería una disputa de alcance; la red de hongos que conecta las raíces redistribuyó recursos hacia los individuos bajo mayor estrés, como lo haría una gestión ágil de recursos; estos enfoques del funcionamiento de un bosque entendido como un Superorganismo Inteligente, ofrecieron un modelo de gestión de interesados fundado en el valor compartido y no en jerarquías de poder.

El estándar de referencia que vertebró todo el semestre —el PMBOK® 8— estuvo presente como base metodológica, pero el centro del análisis no fue la norma, sino la lógica misma de los dominios: comprender por qué un sistema vivo gestiona todo esto de forma continua y eficiente, sin reuniones, sin actas y sin un director que lo coordine. Esa pregunta, más que cualquier proceso, fue la que ocupó la jornada.

La sesión cerró de noche, alrededor del fuego, en la Maloka —un espacio que en Minkalab cumple desde hace más de una década una función central de intercambio de saberes—, en un círculo de diálogo de reflexión guiado por Gabriel Vanegas, fundador e investigador del laboratorio.

Sábado: la observación como ejercicio crítico

La segunda jornada no fue una clase más ni una salida de campo ilustrativa. Fue un ejercicio reflexivo y crítico sobre el recorrido del curso. Habiendo transitado todos los laboratorios —del Marco Lógico a los dominios de desempeño, del problema raíz a la entrega de valor—, los estudiantes se detuvieron a observar el conjunto de lo aprendido y a interrogarlo desde una pregunta de fondo: ¿gestionamos proyectos como una secuencia de pasos correctos pero desconectados de la realidad, o como intervenciones conscientes sobre los sistemas de los que todo depende?

Porque esa es, en última instancia, la incomodidad productiva que el curso buscaba provocar. Un cronograma, un presupuesto, un plan de riesgos: ninguno se sostiene en el vacío. Dependen —como una ciudad, una empresa, una universidad o una familia— de sistemas de soporte que rara vez aparecen en un acta de constitución: el agua, el suelo, el aire, la energía. El territorio de Minkalab, que en trece años pasó de potrero degradado a ecosistema en regeneración activa, ofreció la evidencia tangible de que esos sistemas pueden agotarse o restaurarse según cómo se los gestione. Observarlo de cerca no era contemplación: era un cambio de mentalidad sobre qué significa, realmente, dirigir un proyecto.

Lo que el territorio les dejó

Las reflexiones finales de los estudiantes, recogidas en video al cierre del curso, dan cuenta del alcance de la experiencia.
Oscar Duván resumió su aprendizaje en una frase —«un proyecto debe conectar con un sueño»— y reflexionó sobre la importancia de la retribución con el entorno y de abandonar el antropocentrismo al diseñar un proyecto.
Juan Manuel Galindo encontró una conexión entre pasado y futuro: «hay saberes olvidados en el tiempo que pueden ser la puerta del futuro».
Mateo describió un giro en la forma de mirar su propio quehacer: «aprendí a ser más reflexivo sobre el impacto de mi trabajo y a ser más agradecido con los recursos que utilizamos».
Manuela Mendoza destacó haber aprendido «que hay que transmitir conciencia de lo que la naturaleza ya sabe hacer», recordando que en el afán cotidiano se pierde la capacidad de observar el entorno.
John Vera concluyó que «un proyecto se debe ver de forma integral, priorizando la naturaleza como pilar fundamental».
Harold Arteaga propuso una mirada más técnica: «es importante que, cuando sea posible, logremos incluir algoritmos bioinspirados para potenciar nuestros proyectos», subrayando que cada individuo forma parte de un mismo sistema.
Daniela sintetizó el espíritu de toda la jornada: «la observación me ayudó a descubrir que la naturaleza es la tecnología más avanzada de la actualidad».

Estudiantes de la Maestría en Ingeniería en Minkalab

La mirada del docente

Para el profesor Eduardo Gómez Restrepo, diseñador del curso, esta experiencia responde a una convicción que atraviesa toda la asignatura: en una era de desarrollo tecnológico acelerado —marcada por el avance de la inteligencia artificial— se vuelve urgente buscar nuevas formas de pensar, de generar conocimiento y de diseñar soluciones desde una conciencia ecológica.

«La tecnología no es solo digital: también es ancestral. Y la inteligencia no es solo artificial: también es ecológica y ancestral», plantea el docente. Para él, sacar a los estudiantes del contexto tradicional de aprendizaje no es un gesto pintoresco, sino una estrategia para llevarlos a un pensamiento crítico capaz de transformar su perspectiva profesional y académica.

Esa transformación tiene, además, una consecuencia concreta. Los recursos que sostienen cualquier proyecto —en cualquier sector— dependen, en última instancia, de la naturaleza. Diseñar proyectos desde la comprensión de los sistemas que soportan la vida es, en su lectura, el camino hacia una nueva bioeconomía de enfoque regenerativo, hacia donde se dirige el mundo. Que la práctica se haya realizado en un territorio que documenta, su propia transición de un modelo extractivo a uno regenerativo, no es anecdótico: es la prueba de que una gestión distribuida, adaptativa y fundada en la interdependencia es posible, y es medible.

Una invitación a co-diseñar

El cierre de este curso no se plantea como un punto final, sino como una propuesta abierta. La experiencia de Minkalab como Aula Viva demuestra que el aprendizaje de la ingeniería puede anclarse en los sistemas reales de los que depende toda actividad humana, y esa posibilidad no pertenece a un solo curso ni a un solo programa.

La invitación, por tanto, se extiende más allá de estas páginas: a docentes, estudiantes, investigadores y directivos de las distintas carreras de la Facultad de Ingeniería, de la Universidad en su conjunto y del sistema académico del eje cafetero, a imaginar y co-diseñar de manera conjunta nuevos espacios formativos, y puede ser desde Minkalab como una plataforma abierta de intercambio para ello. Estar dispuesto a co-diseñar —a poner el conocimiento propio en diálogo con un territorio vivo y con los saberes que lo habitan— es, quizá, la primera competencia que exige el siglo que comienza. El bosque ya está enseñando. La pregunta es quién está dispuesto a sentarse a aprender, y a construir lo nuevo, junto a él.